La Historia investiga, analiza y registra el pasado del hombre. Los acontecimientos ocurridos, sus causas, su desarrollo geográfico, social y las consecuencias de los mismos. Que nos sirve de base para la comprensión del presente. Al hablar del pasado del hombre entendemos que todas las acciones, pensamientos y obras cuya trascendencia modificó, alteró o impulsó un proceso social.

9 de junio de 2012

Agamenón, Aquiles y la caída de Troya

. 9 de junio de 2012

Agamenón, conquistador de Troya: Poderoso rey de Micenas

Agamenón lideró a los griegos en la mítica guerra de Troya, hasta la toma de la ciudad. Pero a su regreso murió de forma trágica, a manos de su esposa y del amante de ésta.
Rey de reyes de la Grecia de la Edad del Bronce, Agamenón dirigió la inmensa flota que se lanzó a la conquista de la rica Troya, pero no pudo escapar a la maldición que pesaba sobre su linaje. Clitmenestra, su esposa, y Egisto, el amante de ésta, acaban de asesinarlo. Se ha cumplido la maldición que pesaba sobre la familia del rey desde que Atreo, padre de Agamenón, había matado a tres hijos de su hermano Tiestes, con quien se disputaba el trono de Micenas, para luego servírselos como manjar en un festín. Como narra Esquilo en su obra Agamenón, cuando Tiestes «descubrió que su acción era sacrílega, rompió a llorar y, vomitando la comida, invocó para la estirpe de Ateo esta maldición, al tiempo que pisoteaba el banquete: “¡Que perezca así toda su descendencia!”». Fue Egisto, otro hijo de Tiestes, quien consumó la sentencia que pesaba sobre los Atridas, la familia de Atreo. Así concluía la historia de quien fue uno de los principales protagonistas de la guerra de Troya, el episodio que inspiró la Ilíada de Homero. No sabemos si Agamenón realmente existió, como tampoco sabemos si la expedición de los griegos a Asia tuvo lugar, al menos en la forma en que la contó Homero. Pero el fascinante relato de la Ilíada permite ver en el rey un ejemplo de lo que era un monarca en la Grecia de la Edad del Bronce. Situado al noreste del Peloponeso, el reino de Micenas ocupaba, en el siglo XIII a.C., una posición estratégica y ejercía una clara preeminencia sobre las fortificaciones rivales de la zona, particularmente Argos, Pilos o el enclave fuertemente amurallado de Tirinto. De ahí que, a pesar de que cada una de estas ciudades fuera independiente, el rey de Micenas fuera considerado el soberano supremo de todos los demás reinos. Ése es el motivo de que en los poemas homéricos Agamenón aparezca como el líder de una poderosa confederación de reinos griegos que lanzó contra aquella ciudad más de mil naves de guerra. Según Homero, el pretexto de la guerra lo había dado el hermano de Agamenón, Menelao, rey de Esparta, que exigía a los troyanos que la devolviesen a su esposa, la bella Helena, que se había dejado raptar por el joven Paris. La razón última de la guerra, sin embargo, debió de ser el dominio de las rutas de acceso a los preciados metales del mar Negro y el botín que ofrecía Troya. En todo caso, si había alguien capaz de promover y ejecutar una empresa tan temeraria, ése solo podía ser el rey de Micenas. Homero, en la Ilíada, lo refleja al especificar que Agamenón contribuyó a la armada griega con cien navíos, además de ceder otros tantos a sus aliados del interior, mientras otros reyes como Néstor de Pilos o Diomedes de Argos aportaban noventa y ocho cada uno, y Aquiles, rey de los mirmidones, tan sólo cincuenta. Homero consagró un canto entero a las hazañas de Agamenón, desplegando su orgullo y prestigio sobre su carro, el rey de Micenas despedazaba las falanges de sus adversarios conforme de los encontraba a su paso. Tan grande fue la masacra que el soberano causó en las filas del enemigo, que los dioses comenzaron a temer por la vida del príncipe troyano Héctor, que avanzaba a su encuentro. El mismo Zeus prohibió a éste que retara a Agamenón a un combate singular, y le ordenó que se mantuviese al margen de la batalla hasta que el rey de Micenas fuera herido. Cuando en efecto, cayó malherido, el ejército griego, sin Aquiles y con el resto de héroes en retirada, se convirtió en un juguete en manos de Héctor. Pero Héctor puso fin a la vida de Patroclo, el protegido de Aquiles, quien volvió al combate y dio muerte al príncipe de los troyanos. Es en este punto donde Homero pone fin a su Ilíada, con Troya aparentemente condenada. Sin embargo, las puertas de Ilión seguían cerradas para el enemigo, pues Aquiles cayó en manos de Paris, el raptor de Helena, cuando el dios Apolo guió su flecha hasta el talón del héroe griego, su único punto vulnerable. La muerte de Aquiles volvió a dejar la escena como al principio: un ejército extenuado y unas murallas que aún resistían. Agamenón parecía resuelto a aceptar la derrota y ordenó preparar las naves para volver a Grecia, pero apareció entonces Ulises (Odiseo), el artífice de la inmortal estratagema del caballo de madera. Troya fue tomada por las tropas griegas, que sembraron la muerte y saquearon implacablemente toda la ciudad. Agamenón regresó triunfalmente a Micenas en compañía de su esclava Casandra.

Troya
Durante diez años, los aqueos (griegos) sitiaron en vano la poderosa Troya, hasta que la ciudad fue tomada y destruida gracias a un enorme caballo de madera repleto de guerreros, ingeniado por Odiseo.
A finales del siglo XIX, el alemán Heinrich Scliemann desenterró en la colina de Hissarlik, en la costa noroccidental de Anatolia, los vestigios de una antigua ciudad que rápidamente identificó con Troya o Ilión, el escenario de la guerra que relató Homero en su Ilíada. Como luego certificarían sus sucesores sobre el terreno, lo que en realidad escondía Hissarlik no era una, sino hasta nueve Troyas, una sobre otra. Los arqueólogos encontraron en Troya VI (1700-1250 a.C.) la más firme candidata a ser la ciudad homérica. Su estratégica posición a la entrada del Bósforo, en la órbita del Imperio hitita, le procuraba un control total sobre el tráfico marítimo, lo que a ojos de los griegos micénicos -la potencia rival y vecina- era tan buen motivo para ir a la guerra como la belleza de Helena, esposa del rey espartano Menelao, cuyo rapto por el troyano Paris fue, según el mito, la causa de la contienda. Que los habitantes de Troya eran conscientes de una amenaza lo demuestra el hecho de que la ciudad estuviese protegida por una poderosa muralla y unos fosos especialmente diseñados para frenar los ataques de los carros de guerra, el arma de destrucción más característica de la época. Esta amenaza debió de concretarse hacia 1250 a.C., ya que los estratos arqueológicos que se corresponden con esta fecha ofrecen signos evidentes de una ciudad en estado de emergencia, de un asalto armado y de destrucción por el fuego. Pero lo que no ha determinado la arqueología es la identidad de sus asaltantes ni si la destrucción de Troya se debió a un conflicto a la altura de su leyenda o a una sucesión de esporádicos asaltos. En este punto, en que la arqueología calla, es donde volvemos la vista a los antiguos poemas que nos hablan de la estratagema genial de un caballo de madera y de la noche funesta en que la inexpugnable ciudad de Troya cayó, envuelta en llamas. Paradójicamente, aunque el sombrío presagio de su final recorre todo el poema, la Ilíada no narra la destrucción de Troya, y, por su parte, la Odisea tan sólo nos cuenta el final de la guerra como una acción del pasado. El hecho es que los dos poemas de Homero se limitaban a contar dos episodios del ciclo mítico de Troya -el de la cólera de Aquiles y el del azaroso regreso de Odiseo (Ulises) a Ítaca-, mientras que el resto de episodios que completaban la leyenda circuló en composiciones que sólo se han conservado de forma fragmentaria, como la Iliupersis o Caída de Ilión, que narraba con detalle los últimos momentos de la ciudadela. Por ello, los episodios clave de los últimos días de Troya nos han llegado a través de poemas compuestos siglos más tarde, como la Eneida de Virgilio o las Posthoméricas de Quinto de Esmirna, que daba comienzo justo en el punto en que Homero ponía fin a la Ilíada: los funerales de Héctor, hijo de Príamo y heredero del trono de Ilión. Tras la muerte de Héctor, la ciudad quedaba abocada a la ruina. Pero los troyanos aún recibieron refuerzos, como las amazonas de la reina Pentesilea, quienes nada pudieron hacer ante el empuje de Aquiles, rey de los mirmidones. Con todo, la tradición nos ha hecho llegar un famoso episodio derivado de este encuentro: cuando Aquiles y la reina quedaron frente a frente, comenzó un duelo entre los dos que se saldó con la muerte de Pentesilea a manos del héroe griego, quien se enamoró de ella en el mismo instante en que la atravesaba con su lanza. Pero a los troyanos todavía les quedaba el auxilio de las tropas etíopes. Bajo el mando de Memnón, los etíopes constituían el último obstáculo que se interponía entre Aquiles y las puertas de Ilión. Tras esquivar mutuamente sus lanzas, se atacaron con sus espadas hasta que Aquiles encontró una abertura entre las láminas metálicas de su rival y logró arrancarle la vida. Parecía que la victoria estaba de parte de Aquiles, pero mientras éste combatía, el príncipe troyano Paris, raptor de Helena y causante de la guerra, disparó una flecha que, guiada por el dios Apolo, fue a impactar en el talón del señor de los mirmidones. Tras diez años de duro combate, había caído el mejor de los aqueos y las murallas de Troya aún coronaban intactas el paso de los Dardanelos. Fue el astuto Odiseo quien dio un vuelco a los acontecimientos, al urdir la estratagema militar más célebre de la historia: los griegos construirían un gran caballo de madera en cuyo interior se escondería un puñado de guerreros; una vez dentro de las murallas abrirían las puertas de Troya al resto del ejército, que se mantendría oculto en la vecina isla de Ténedos. Esa noche, Ilión fue tomada a sangre y fuego, y los troyanos sufrieron un funesto destino: el viejo rey Príamo vistió su armadura y fue masacrado junto al resto de los defensores.
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Aquiles
Aquiles, el héroe de Troya
El rey de los mirmidones, protagonista de la 'Ilíada' de Homero, no llegó a ver la caída de Troya; una flecha del troyano Paris acabó con su vida. Sus compañeros recurrieron a la célebre treta del caballo de madera para tomar la ciudad.
 A Aquiles le perseguía un destino trágico: el morir joven, aunque cubierto de gloria. La guerra de Troya fue el teatro de sus gestas y de su fin.
El oráculo predijo que el hijo de la divina ninfa, Tetis (hija del dios marino Nereo), sería superior a su padre. Los dioses (Zeus y Poseidón) decidieron alejarse de la bella y tentadora Tetis para prevenirse. La solución fue casarla con un héroe; el elegido fue un gran guerrero, Peleo, rey de Tesalia. A la bella Tetis no le gustó la idea de que la casaran con un simple mortal, y mediante distintas metamorfosis intentó huir de él, pero terminó rindiéndose a su tenaz prometido y celebrando la boda en presencia de los demás dioses. Fruto de la unión nació Aquiles.

Tetis trató de proteger a su hijo de su designio bañándolo en sangre de dragón ya que así su piel se volvería invulnerable, pero cometió un fatal descuido al agarrarle de los talones; estos quedaron libres de las propiedades de la sangre. Gracias al adiestramiento del centauro Quirón Aquiles se formó como atleta y guerrero. Cuando empezó la guerra de Troya su madre lo mandó a la isla de Esciros vestido de muchacha para evitar que fuese reclutado. La astucia de Ulises dio con el escondite de Aquiles y fue así como, junto a su querido compañero Petroclo, Aquiles se puso en marcha hacia Troya.
En la Iliada se cuentan los episodios más decisivos de la contienda; el encuentro con Agamenón, la muerte de Patroclo, la venganza contra Hércules, etc. Es inolvidable la escena en la que el propio Príamo, rey de Troya, es recibido por Aquiles para que éste le conceda el cadáver de su hijo Héctor y así poder celebrar sus funerales. El héroe, conmovido por el gesto de Príamo, termina acordándose de su propio padre y, mostrando una grande humanidad, acompaña el lloro de su visitante.
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Sin embargo en la Ilíada no se relata la muerte de Aquiles; es en la Odisea donde Menelao le cuenta al joven Telémaco (hijo de Ulises u Odiseo) como Aquiles fue muerto por una flecha de Paris, guiada a su vez por el dios Apolo. Otras fuentes amplían los datos sobre el fin del gran guerrero, como el interesante poema épico Posthomerica de Quinto de Esmirnia, escrito mil años después de Homero. En este poema se describen el combate de Aquiles con Memnón (príncipe etíope), el encuentro con Pentesilea –la fogosa reina de las amazonas–, la profetizada muerte de Aquiles y los juegos atléticos realizados en honor al muerto. En el curso de su periplo Ulises visita el Hades donde encuentra a antiguos compañeros fallecidos en Troya. Allí Aquiles recibe los halagos por su inmensa y perenne gloria, aunque él responde con palabras amargas diciendo que hubiera deseado ser campesino en la tierra que rey de los muertos.
Su duelo con el troyano Héctor es el episodio culminante de la ‘Ilíada’ de Homero. Herido mortalmente por una flecha en el talón, Aquiles no pudo ver cómo los griegos tomaban Troya y la reducían a cenizas. La ‘Ilíada’, el gran poema sobre la guerra de Troya, nos relata sólo algunos episodios de la lucha de aqueos y troyanos en unos pocos días del décimo y último año del asedio. Aquiles es el protagonista de la trama épica, pero ésta cubre sólo una pequeña parte de su intervención en la guerra: su enfado con el jefe griego Agamenón, que le obligó a entregarle la esclava Briseida; su negativa a combatir con los demás jefes aqueos; y el encuentro definitivo con Héctor, el hijo del rey troyano, en un duelo que acabará con la muerte de éste. Homero deja sin contar la muerte de Aquiles y el final de la guerra. Acaba su poema tras los llantos por Héctor sin darnos el panorama final: la conquista de Troya por los griegos. Después de que Aquiles, el mejor de los aqueos, diera muerte a Héctor, el mejor héroe de Troya, la ciudad quedó muy abatida. Pero cobró nuevos ánimos al recibir el socorro de las amazonas, en primer lugar, y, por último, de Memnón y sus etíopes. No encontró Aquiles nada que lo detuviera cuando avanzó hacia las murallas, ansioso por lanzarse al asalto. Pero ahora iba a enfrentarse a un enemigo más peligroso: el dios Apolo, el divino protector de los troyanos. Apolo se retiró y desde lejos envió rauda la flecha que se hincó en el punto más vulnerable del cuerpo del héroe: el talón. Desangrándose por la herida Aquiles se desplomó, sintiendo cómo se cumplía su trágico destino. Quedó tendido ante las puertas de Troya. Acaso fue el dios del arco de plata quien envió la fatal saeta, o tal vez fue el troyano Paris, diestro arquero, y Apolo intervino dirigiendo la flecha hacia el frágil tobillo del héroe. De hecho, encontramos una y otra versión en diversos textos antiguos. Aunque la muerte se había llevado a muchos de sus hijos y a sus mejores guerreros, Príamo resistía en el décimo año del asedio. Parecía necesario recurrir a la trampa, ya que la fuerza no lograba la victoria final. Y de nuevo intervino la astucia de Ulises, inspirado por la diosa Atenea. El rey de Ítaca propuso el ingenioso plan de construir un gigantesco caballo de madera en cuyo vientre hueco se emboscarían los más audaces guerreros, que luego saldrían y abrirían las puertas del muro a los demás.

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